Ponele Queso

La verdadera realidad, sin homenajes

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Por: Roxana Pérez

Antonia viuda de Canales tiene 60 años, su cabello lleno de canas, ojos color negro y tono de voz suave al hablar. Todos la conocen como “niña Toñita”. Hace un par de años, perdió a su hijo y a su esposo. Al primero, en un enfrentamiento entre pandillas; y al segundo, producto de la diabetes. En la transitada carretera Troncal del Norte de la capital, la niña Toñita se acompaña siempre de un delantal blanco y de un saco grande lleno de latas y botellas que, a su edad, carga sobre sus espaldas. Es lo que le toca hacer para sobrevivir al no contar con ningún tipo de apoyo por parte de su familia.

Hace unos meses visité el Centro de Atención a Ancianos “Sara Zaldívar”. Ahí, platiqué con una adulta mayor de 65 años, quien padece Parkinson. Con mirada triste y resignada me dijo: “me dejaron olvidada aquí.” Han pasado dos años desde que ella ingresó al recinto y aún se mantiene a la espera que su familia regrese a visitarla.

La Dirección General de Estadísticas y Censos (DIGESTYC) calculaba que, en 2018, el El Salvador tenía una población de más de 745 mil personas mayores de 60 años. Una cifra fría que no visibiliza a los adultos mayores en estado de desamparo y abandono, como los referidos casos de esta historia.

Desde 1992, por decreto legislativo, enero es el mes de la persona adulta mayor. La agenda de instituciones estatales y de la sociedad civil, en general, se llena de actividades. Afuera, miles de ancianos viven en condiciones deplorables, sin atención médica garantizada y sin poder gozar de una pensión digna. Y en el peor de los casos, sin un lugar para vivir, deambulando en calles y pasarelas, mendigando ayuda para sobrevivir.

Esta es la cruda realidad que muchos adultos mayores viven en El Salvador, sin decretos, ni homenajes.

Culpamos al Estado por sus condiciones de vida que, a decir verdad, tiene una cuota alta de responsabilidad; pero, olvidamos cosas simples como saludarlos, ayudarlos a cruzar la calle, dejar de ignorarlos cuando hablan y darles el valor que merecen en nuestra familia. No seamos insensibles a quienes un día nos cuidaron y nos valoraron. Ellos vivieron la guerra, apreciaron la historia de nuestro país y lucharon incansablemente por nosotros: su familia. Pero ellos siguen siendo el presente y les debemos mucho. Ahora es nuestro turno.

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